Historias fieles a la realidad

A veces, al escribir es difícil discernir los hechos reales de los sentimientos subjetivos que surgen de nuestros recuerdos. ¿Es preferible ceñirnos a la realidad o dejarnos llevar sin preocuparnos por la fidelidad de nuestra historia?
Hay escritores de memorias que preguntan a sus allegados acerca de episodios pasados para comprobar si realmente los recuerdan como fueron para así poder ofrecerle al lector una historia sin adulterar; o bien echan mano de cartas, e-mails o diarios para corroborar información. Otros, sin embargo, se valen simplemente de su memoria, sin darle importancia a si, por ejemplo, las fechas y las frases reales concuerdan con las que ellos recuerdan.
El caso es que no es absolutamente necesario que los detalles personales sean completamente fieles a la realidad, pero sí que debemos prestar atención a la hora de tocar información de dominio público. Si mencionamos alguna noticia de la época en la que transcurre la historia, o una canción que sonaba un determinado año, entonces sí que no tenemos excusa para no asegurarnos de que realmente podemos ubicarlas en un momento concreto. Si aportamos datos que el lector pueda identificar (algo recomendable para que se sienta involucrado en la historia) más nos vale no quedar mal ante él metiendo la pata.

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A veces cambiaremos deliberadamente el orden de ciertos hechos, las expresiones… dejaremos fuera lo que consideremos que pueda resultar confuso para el lector… Pero todo lo haremos con la intención de dotar de claridad a la historia, asegurándonos de que la atmósfera y la esencia permanecen intactas.
A medida que vayamos escribiendo, nos sorprenderá lo maleables que son los recuerdos. No solo se transforman en nuestra mente antes de haberse plasmado en el papel, sino también después. Tras haber escrito sobre ellos, es posible que los recordemos tal cual aparecen en el folio y no tal cual los vivimos originalmente.
También es posible que deformemos la realidad aproximándola a lo que hubiésemos deseado, pero eso ya es harina de otro costal…

Algunos temas intentaremos evitarlos por resultarnos demasiado dolorosos, aunque nuestro deber es enfrentarnos a ellos. Ya no solo como escritores de memorias, sino como personas dispuestas a superarlos. Y es que no hay nada más catártico que escribir una memoria. Aparte, eliminar las inhibiciones es clave incluso si lo que queremos es escribir ficción.
Un buen recurso para lidiar con asuntos tabú es el humor. No importa lo sombrío que sea el tema a tratar, siempre podremos darle un toque que ayude a los lectores a digerirlo y a nosotros a sacárnoslo de dentro.
Esto será algo que consigamos cambiando el tono, que no es lo mismo que la voz. La voz es nuestra identidad, mientras que el tono es un indicador de nuestra actitud hacia lo que estamos narrando en un momento dado.
Las memorias son recreaciones del pasado en las cuales la interpetación personal juega un papel importante, por lo que conseguir serle fiel a nuestra historia no es fácil. No obstante, repito que esto no debe preocuparnos; lo importante es que la voz y el tono reflejen fielmente nuestro punto de vista.

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Identificando obstáculos

Los obstáculos son imprescindibles en cualquier historia. Algunos serán externos (por ejemplo: quieres ir a un sitio, pero tu situación económica te lo impide) y otros internos (por ejemplo: quieres alcanzar una meta, pero para conseguirlo has de enfrentarte a circunstancias que te provocan un miedo atroz). Tanto una memoria como una historia de ficción deben ser ricas en obstáculos internos que muestren el mundo interior del protagonista.
Al final siempre tendremos que haber resuelto el obstáculo presentado al inicio, que será interno, puesto que lo que queremos es mostrar nuestro desarrollo personal/crecimiento como personajes de la historia que protagonizamos, ya que si en una memoria no queda reflejada una evolución, esta resultará superficial y el lector no sentirá la necesidad de invertir su tiempo en ella.

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A la hora de escribir una memoria, la clave principal es identificar el objetivo que perseguíamos en la etapa de nuestra vida que queremos narrar. Ese algo es lo que nos llevó a pasar por todo lo que pasamos dando lugar a esa historia que tenemos en el tintero y que pretendemos compartir con el mundo. Para dar con ello basta con preguntarnos qué queríamos, ampliando la información para obtener la estructura básica de nuestra memoria:

  • Quería…
  • Lo quería porque…
  • Para obtenerlo, yo…
  • Sin embargo, algo se interpuso en mi camino:
  • Opté por una alternativa, así que…
  • Constantemente pensaba que…
  • El punto de no retorno llegó cuando…
  • Al ocurrir aquello, me percaté de…
  • Después de eso…

Pero el orden no ha de ser necesariamente este. Para dotar a nuestra memoria de efectividad, podemos recurrir a cualquiera de estas técnicas literarias.
Lo inamovible es que, para cuando lleguemos a la resolución, ya debemos haber resuelto el problema inicial, así como todas sus ramificaciones. En la resolución nos mostraremos llegando a una conclusión final y, posiblemente, tomando una decisión. Lo ideal, además, es que el lector nos vea reaccionando, afrontando los cambios que susodicha decisión acarrea.
No podemos olvidar que el objetivo de una buena memoria no debe reducirse a narrar lo ocurrido, sino que es necesario centrarse en el impacto emocional, en mostrar la influencia que todo aquello que vivimos ejerció sobre nosotros.

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