Narrando fracasos

En las memorias está permitido ser un fracasado. De hecho, cuando narras tus errores, desilusiones y vulnerabilidades, el lector simpatiza contigo, dado que, por lo general, él también llevará lo suyo a cuestas y esto ayudará a que se cree un lazo entre ambos. Cuando alguien lee una memoria busca realismo, y el ser humano perfecto no existe, así que uno da por hecho que encontrará malas decisiones, debilidades y vivencias turbulentas entre las páginas.

Es un hecho que en una memoria hablaremos de otras personas, así que deberemos controlar el tono. Si no, perderemos la simpatía que habíamos ganado. Uno puede ser duro consigo mismo, pero despellejar a los demás gratuitamente (por mucho que se lo merezcan) no está bien visto. Tendremos que ser objetivos. Una cosa es mostrar nuestro lado negativo, y otra muy distinta caer en la victimización. Más que hablar de cómo te trataron los demás en determinadas situaciones, lo que puedes hacer es comentar los errores que tú cometiste con ellos. Escribe sobre los demás relajadamente, sin ira, desde el perdón y la aceptación; añade un toque de humor siempre que sea posible. Recuerda: los juicios debe emitirlos el lector, no el escritor.

Fracasos

Cierto es que, en ocasiones, nos resulta imposible dejar a un lado nuestros sentimientos más viscerales. A veces hay que esperar un tiempo prudencial para poder escribir correctamente sobre ciertas vivencias. Otra opción es escribir sobre ellas para desahogarnos y dejar el texto reposar para volver a reescribirlo con mayor objetividad cuando nos creamos capaces. La escritura de memorias puede resultar terapéutica y, en tal caso, el lector ha de ser testigo de nuestra cicatrización. Como decía Ana Frank… “Puedo quitármelo todo de encima mientras escribo; mi malestar desaparece y mi coraje renace”

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Escribir con humor

El humor es un excelente recurso, aunque suele funcionar mejor cuando escribimos piezas cortas. Mantenerlo durante toda una memoria, por ejemplo, es difícil. El lector espera que te sinceres con él y que te muestres cercano, y esto no siempre se logra desde un tono cómico.
No obstante, a veces el humor puede resultarnos muy útil. Por ejemplo, en esos casos en que queremos tocar temas muy delicados, pero sin caer en los típicos dramatismos ni en la sensiblería.
Al escribir puedes (y debes) olvidarte de las convenciones sociales. Mientras estás escribiendo, no es necesario que seas simpático; ni siquiera políticamente correcto. Una persona civiliada sabe censurar sentimientos fuertes y palabras irracionales, lo analiza todo antes de hablar; pero tú, como escritor, no necesitas hacerlo. Exhibe tus sentimientos y tus lectores te lo agradecerán.
El humor es un buen recurso para suavizar la negatividad. Si sabes utilizarlo, el lector no sólo no acabará quemado de tus quejas, sino que además las disfrutará. Y es que, el humor inteligente siempre gira en torno a temas ásperos. Lo que solemos hacer es convertir asuntos deprimentes en comedia.
Una vez más: la importancia de un texto, más que en el tema, suele radicar en el tono. Las editoriales, cuando se trata de publicar memorias, se inclinan bastante hacia el sarcasmo y el humor; sin embargo, lo excesivamente sentimental muchas veces les repele. Esto ocurre porque, básicamente, la gente tira mucho del drama cuando escribe historias personales, y leer más de lo mismo, obviamente, termina aburriendo. Aparte, sobra decir que, en esta etapa de crisis, lo que el público busca es evadirse, no hundirse más en la miseria a través de la lectura.

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Pero lo mejor, sin duda, es aprender leyendo a gente que ya ha puesto en práctica (y exitosamente) toda la teoría. Así que aquí os dejo una lista de memorias recomendables cuyos autores tienen al humor como principal aliado:

Lamentaciones de un prepucio, de Shalom Auslander
El funcionario desnudo, de Quentin Crisp
Una familia tragicómica, de Alison Bechdel
En el dique seco, de Augusten Burroughs
Vida entre los salvajes, de Shirley Jackson
Whishful drinking, de Carrie Fisher

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