Rutinas diarias de autores consagrados, segunda parte

Gustave Flauvert:

Flauvert, que era un hombre de hábitos nocturnos, normalmente se despertaba sobre las diez de la mañana y lo anunciaba con una camapanilla. Su sirviente, inmediatamente, le llevaba agua, llenaba su pipa, corría las cortinas y le llevaba el correo. Sus conversaciones con Madre, que tenían lugar entre nubes de tabaco, precedían a un largo y caliente baño que incluía la aplicación de un producto para evitar la caída del cabello. A las once entraba al comedor y tomaba algo supuestamente ligero porque no le favorecía trabajar con el estómago muy lleno, aunque en realidad su primer menú consistía en huevos, vegetales, queso o fruta y una taza de chocolate. Después, la familia pasaba un rato en la terraza, a no ser que el mal tiempo los forzase a permanecer dentro de la casa. Bajo la sombra de los castaños, discutían, bromeaban y cotilleaban a la vez que observaban barcos surcar el río.
En 1852, Flauvert le contó a Louise Colet que trabajaba de la una del mediodía a la una de la mañana.

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Ernest Hemingway:

Cuando estoy trabajando en un libro o historia escribo todas las mañanas en cuanto veo la luz del sol. No hay nadie para molestarte y, si hace frío, te calientas mientras escribes. Lees lo que has escrito y, como siempre paras cuando sabes lo que va a pasar después, empiezas desde ese punto. Escribes hasta que llegas a una parte que sabes cómo continuará y te detienes hasta el día siguiente conservando la chispa. Has empezado a las seis de la mañana, por ejemplo, y continúas hasta el mediodía o incluso menos. Cuando paras te sientes vacío, pero al mismo tiempo completo, como después de haberle hecho el amor a alguien a quien amas. Nada tiene significado hasta el día siguiente, cuando vuelves a hacerlo. Lo difícil es aguantar hasta la próxima vez.

William Gibson:

Cuando estoy escribiendo un libro me levanto a las siete. Consulto mi e-mail, me empapo de internet, como hacemos todos hoy en día, y me tomo un café. Tres días a la semana voy a pilates y estoy de vuelta entre las diez y las once. Luego me siento e intento escribir. Si no pasa absulutamente nada, me doy permiso para cortar el cesped. Pero, generalmente, el solo hecho de sentarme e intentarlo basta para ponerme en marcha. Hago una pausa para almorzar, vuelvo, y sigo con ello un poco más. Y luego, normalmente, me echo una siesta. Las siestas son esenciales en mi proceso. No por los sueños, sino por ese estado adyacente al sueño en sí.
Conforme avanzo con el libro, el cuerpo me pide más. Al principio trabajo cinco días a la semana, cada día entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde, con una pausa para almorzar y echar una cabezada. Pero hacia el final acabo trabajando siete días a la semana, doce horas al día.
Al acercarme al final del libro, veo su contenido como un estado mental alterado químicamente, en el sentido de que se desvanecerá si no continúo nutriéndolo. Lo que necesita es simplemente que escriba todo el tiempo, hasta el punto de que incluso el acto de dormir se vuelve problemático.

Haruki Murakami:

Cuando estoy escribiendo una novela, me levanto a las cuatro de la madrugada y trabajo durante cinco o seis horas. Por la tarde, corro diez kilómetros o nado 1500 metros (o hago ambas cosas), después leo un poco y escucho música. Me voy a la cama a las nueve. Mantengo esta rutina todos los días sin variación. La repetición es importante; es una forma de hipnotismo. Me hipnotizo a mí mismo y alcanzo otro nivel de conciencia.

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