Qué repercusiones puede tener la publicación de una memoria

Al escribir nuestras memorias, recordar según qué hechos puede resultarnos doloroso. Además, debemos afrontar un montón de posibles repercusiones si decidimos publicarlas, ya que en ocasiones saldrán a la luz cosas que hasta el momento habían permanecido ocultas. Podremos alejar a familiares o amigos; sentir vergüenza; perder el trabajo y, por supuesto, también la privacidad.
A mucha gente le pesará que hablemos de ciertas cosas con las que guarda relación, y está en nuestras manos decidir hasta qué punto nos compensa enfrentarnos a esto.
Incluso si la historia que decides compartir con el mundo es positiva, tendrás que asumir que la gente, por lo general, es poco conformista. Algunos se enfadarán por no aparecer, otros por aparecer, alguno te dirá que esto o lo otro no fue así realmente…
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De cualquier forma, es fácil que los sacrificios se vean compensados.
A veces leemos historias que seguramente no han sido fáciles de escribir, dada su naturaleza. Sin embargo, el esfuerzo de los autores en muchos casos seguramente se viese premiado al llegar a lectores para los cuales su trabajo cambió algo.
Hace unos meses leí My thirteenth winter, donde su autora (Samantha Abeel) narraba las dificultades que la discalculia producía en todos los aspectos de su vida y, en un momento dado, contaba cómo en la presentación de un libro suyo se le había acercado un hombre increíblemente impresionado para decirle que acababa de cambiar su vida. Él también padecía este trastorno, pero no lo sabía; en aquel momento por fin pudo comprender lo que le había estado ocurriendo durante toda su vida, de repente todo había cobrado sentido para él.
Lo más bonito de las memorias es la posibilidad de repercutir en la vida de los lectores, y para ello es necesario correr ciertos riesgos.
Cuando leemos historias, es difícil no sentirnos identificados con ellas, o al menos con ciertos aspectos. Y el hecho de que esas historias sean reales, en ocasiones nos ayuda a sentirnos menos solos en el mundo.

Podemos contar lo vivido de muchas maneras, pero siempre evitando que parezca que estemos pidiendo al lector que se compadezca de nosotros. Podemos escribir desde la tristeza o desde el enfado, pero está terminantemente prohibido dar lástima. Un buen escritor habrá hecho las paces con lo que ha narrado antes de dar el paso de publicarlo. No hay que crearle al lector la sensación de que necesitamos atención y piedad; debemos limitarnos a informarlo y entretenerlo.

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