La importancia de dosificar la información y otras pautas a seguir

Partamos de la base de que como cualquier personaje de ficción, nosotros aspiramos a algo. Nuestra historia girará en torno a ese algo. Antes de alcanzar nuestro objetivo, tropezaremos con un montón de contratiempos (de lo contrario no tendríamos una historia que contar). Lo bueno es que, a diferencia de los escritores de ficción, nosotros ya tenemos la historia escrita, metafóricamente hablando. Aún así, ordenar nuestras experiencias y plasmarlas en papel de forma adecuada sigue siendo todo un reto, ¿verdad?.

Seremos los protagonistas de nuestros libros; ya lo sabemos todo sobre nosotros y sobre las historias que queremos contar. Una memoria difiere mucho de una obra de ficción en este sentido: ya no hay nada con lo que podamos sorprendernos a nosotros mismos a la hora de escribir. El hecho de saber de antemano todo lo que vamos a incluir en nuestra obra puede llevarnos a querer soltarlo todo de una. Pero debemos aprender a dosificar la información, a mantener en vilo al lector tal cual haríamos con una historia ficticia.

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Tenemos que mostrarle nuestro crecimiento de forma progresiva. Es como si fuéramos desnudándonos ante él poco a poco. No sintamos la tentación de enseñárselo todo de una; conservemos el misterio, la inquietud y la emoción.

Para empezar podemos desvelar algún rasgo característico nuestro que se repita a lo largo de toda la historia, un patrón constante pero que vaya desarrollándose a lo largo de la misma. Esto ayudará a crear en el lector la sensación de que nos conoce.
Debemos separar nuestros rasgos en dos categorías diferentes: principales y secundarios. Nuestro cometido será mostrar el desarrollo de los principales a lo largo de toda la historia.

Para que nuestra personalidad quede bien definida, es conveniente que incluyamos partes en las que nos relacionemos con los demás personajes, básicamente para marcar el contraste de personalidades. En la mayoría de historias, los personajes secundarios son importantes, pero no debemos dejar que nos eclipsen a nosotros, los principales.
Por detrás de los secundarios estarán los figurantes, que pese a no ser para nada relevantes en lo referente a la trama, en ocasiones sí que desempeñan un papel importante a la hora de ambientar las historias. Es preferible que no seamos demasiado explícitos. Si un personaje es inseguro, no lo digamos tal cual. Es mejor dejar que el lector (que no es tonto) lo deduza por sí mismo cuando se lo mostremos mediante alguna conversación o situación. Vamos, la clásica máxima del “mostrar, no contar”. No obstante, es aconsejable combinar de forma dinámica las escenas con resúmenes para evitar aburrir; un libro compuesto exclusivamente de escenas sería duro de leer. Los resúmenes son especialmente útiles a la hora de proporcionar información sobre personajes secundarios o al hablar de rasgos nuestros que no sean excesivamente relevantes.

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