Moviéndonos en el tiempo

Cuando se escribe una memoria, no siempre se empieza al comienzo de la historia y se termina con el final. A veces es necesario saltar en el tiempo para proporcionar información. Podemos incluso hacer un paréntesis y desmarcarnos hablando en presente, pese a que la historia transcurra en el pasado. De cualquier forma, el lector ha de ser capaz de seguirnos sin desconcertarse. Moverse en el tiempo exitosamente es difícil, pero no imposible.
Lo primero a tener en cuenta es que el “ahora” debe estar muy bien definido. Al lector ha de quedarle claro el momento concreto en que nos situamos, desde el cual podemos mirar hacia el pasado, hacia el futuro o hacia el propio presente. No hay necesidad de indicar el ahora explícitamente, ya que al lector no le preocupan demasiado las fechas; lo único que necesita es poder seguir los movimientos en el tiempo que contiene la historia sin perderse.
No es recomendable escribir toda la historia en presente, ya que, aunque no lo parezca, es difícil y además probablemente se prestaría a confusión.

Para que lo de moverte en el tiempo te vaya resultando menos confuso, lo que puedes hacer es buscar historias con bastante movimiento y prestar atención a las palabras que utiliza el autor para referirse a un tiempo en particular (fíjate en frases como “ese día”, “cuando me mudé de casa”, “mi tercer año en la ciudad”, “mucho antes de que ocurriese aquello”…).

Para más información recomiendo visitar este otro post sobre técnicas literarias aplicables a las memorias (cronología, in media res, in extremis, retrospección y prospección).

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La reflexión, un ingrediente esencial

En las memorias prima la reflexión, eso está claro; lo que quizá no está tan claro es cuándo debemos hacerla explícita y cuándo no.
Hay autores que plasman su proceso reflexivo en las páginas de sus libros, pero separándolas adecuadamente de las experiencias que dieron lugar a ellas, eso sí. Otros, sin embargo, reflexionan fuera de la vista del lector, pero comparten con él el resultado de sus meditaciones sobre las vivencias narradas. Lo que debemos tener en cuenta es que, en cualquier caso, hay que conseguir que el lector sepa diferenciar sin dudar la voz retrospectiva del resto del texto.
Para indicar reflexión podemos utilizar frases como “¿Por qué él/ella…?”, “podía haber hecho”, “siempre me pregunté por qué”
Una memoria es, en esencia, el anhelo de un autor por encontrar una explicación para los hechos de los que nos hace partícipes.
reflexion
Al igual que antes de ponernos a escribir ficción lo ideal es tener medianamente listos los personajes y la historia a desarrollar, con las memorias es conveniente haber reflexionado sobre cómo nos sentimos con respecto a lo que contaremos antes de comenzar a escribir. Aún así, muchas respuestas surgirán una vez estemos sumergidos en el proceso de escritura.
En la medida de lo posible, hay que evitar que una memoria sea únicamente una sucesión de anécdotas; lo suyo es añadirle sustancia, y eso es algo que lograremos abriéndonos a la susodicha reflexión. Si no llegamos a entender lo que nos ha ocurrido, el resultado será superficial. Así que para lograr escribir un libro óptimo, a veces es conveniente dejar pasar tiempo (en algunos casos incluso décadas) para procesar e interiorizar lo vivido y poder así ofrecer al lector una visión más clara y profunda. Aunque hay autores que optan por reflejar el impacto más inmediato de los hechos y también consiguen resultados más que aceptables. No todo el mundo necesita el mismo tiempo de preparación para crear.

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